Crónicas Marcianas - por Marcia Lo Feudo

El Hada de los Abrazos

¿Y con esto que me alcanza?

 

 

    

Soy un hada, un hada en el cuerpo de una mujer, no encerrada en el cuerpo de una mujer, si no conviviendo con ella en perfecta armonía. Un hada a la que le gusta tomar el té al aire libre en pleno invierno entrecerrando los ojitos al sol y haciendo que se queda dormida pero no, un hada que disfruta de la música, un hada que baila sola y a veces con los espejos, un hada que se sorprende cada día de las mismas cosas, un hada que vive todo como si fuera un regalo divino, o un sueño de primavera o algo milagroso, pero de esos milagros de las pequeñas cosas, casi imperceptibles, casi olvidadas.

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           Toda hada tiene un poder, o un don, algo que le ha sido adjudicado por la Madre Naturaleza o por algún duendecillo legendario escondido en un árbol añejo. Allí recae mi desgracia, aún no he descubierto cuál es ese don especial que me pertenece a mí y a nadie más, esa maravilla mía y solo mía, esa magia, ese potencial. Trato de no desesperarme, porque para las hadas el tiempo es sólo una marca, algo ilusorio y hasta casi absurdo, pero la verdad es que me da un poco de pena apreciar que todas las hadas a mi alrededor ya andan usufructuando con sus dones, vanagloriándose por sus logros, obteniendo medallas, cuadros de honor, becas, viajes al extranjero. ¿Y yo? ¿Es que hay algo fallado en mí? ¿Soy un hada que devino en kiosquera, simplemente? ¿Un hada con alas recortadas? Como las orejas de algunos perros que las mutilan para competir en exhibiciones. ¿Un hada de vuelo bajo? ¿Un hada sin purpurina? ¿Un hada mustia, vencida, talada?

            He escuchado, he leído, he memorizado ciertas palabras y el contenido de ciertas palabras: fe- esperanza. A mí me gusta más la palabra esperanza, suena más espaciosa, más prometedora, la palabra fe me suena a canción de carnaval carioca, a Poncio Pilato si no me das suerte no te desato, a la hostia que se pega en el paladar, en cambio, la palabra esperanza, es una palabra que abre puertas, que deja pasar al viento, una palabra con luz propia, que ilumina, que calma. Por eso, yo, un hada que vende chocolates y hace cargas virtuales, que da cabinas, y manda faxes, que cuenta gomitas y hace impresiones a color y en blanco y negro, hornea medialunas y cocina empanadas, un hada de trapo de piso y limpia vidrios, un hada moderna, sin varita pero con bicicleta verde manzana, sin alas, pero con sueños multicolores. Yo, soy un hada con esperanza, que espera, con añoranza, con la mirada siempre más allá, y con la mente viajera, hormiguita inquieta que no sabe de límites ni de vencimientos.

            Soy un hada a la que le gustan los niños, un hada que no tiene niños propios, la naturaleza no ha querido que los conciba, y si bien, he escuchado, he leído, he memorizado, que una mujer se recibe de mujer cuando da a luz (siempre me he detenido en la hermosura de esta frase “dar a luz” y a veces solo por la belleza de decir esas palabras todas juntas he deseado con el alma poder llevarlo a cabo, imaginándome que mi cuerpo se abre y que de él brota un manantial luminoso que me trasciende, un mar iluminado que acaricia todo a su paso), he escuchado que no se es una mujer completa hasta que no quedás embarazada y sufrís el dolor del parto y luego criás a tu hijos, que es una experiencia intransferible y única. A veces me siento un poco incompleta (fallada, con el ala rota) y que todo ese caudal de amor en mí va a ir a parar a la canaleta, o que voy a estallar un día, puede ser un jueves, en miles de formas de amor trunco, en corazones morados, azules, sin oxígeno, como si fueran fetos hechos de amor inútil, amor vacío, amor sin dirección.

            Pero entonces viene un niño a comprarse un chupetín o dos pesos de caramelos masticables, y con esto qué me alcanza, y el día cambia. Hay algo en los ojos de los niños, algo intensamente milagroso y simple a la vez que me conecta con la eternidad, con el mundo de lo todo posible, con los sueños de cara lavada, con mis alas, con la niña que nunca murió. Entonces juego, juego con ellos, en el cotidiano acto de mirarnos, en la sencilla acción de “atenderlos”, de darles el vuelto, de llenar de dulzura su momento. Y a veces, me regalan su sonrisa de dientes de leche, su sonrisa de dientes semi crecidos y hasta torcidos, y su carcajada, ¡qué cosa más venturosa la carcajada de un niño, es como una vuelta de calesita o como si nadara en un campo de algodones de azúcar! La visita de los niños es recibida por el hada kiosquera con el más sincero estremecimiento, como si la espolvorearan con un brillito de fantasías, como si dieran cuerda a su corazón y pudiera sentirlo aleteando.

            Pero hay algo que se da en ciertas ocasiones y que cautiva a esta hada de caramelo, cuando algún niño le da un beso ruidoso y hasta pegajoso, el alma se le arrebata toda, se engolosina. Y otra vez cambia el día pero por dentro, más allá de las monedas de dos pesos y del pedido de los cigarrillos, hay una partecita que se suaviza, que se aniña y regresa a lo verdaderamente esencial.

            Thiago, de siete añitos, tiene un ojo un poco caidito pero eso lo hace más dulce y especial para mí, Martina, vecinita con carácter, zezeoza e indecisa; la chiquita de las trencitas, aún no sé su nombre, debe tener cuatro años, siempre viene con su mamá y su hermano más grande y un día me dijo que ya va a crecer, Rochi, otra vecinita, la conozco desde bebé, callada y soñadora, gasta en el kiosco la jubilación de sus dos abuelas, Candela y Tania, otras vecinitas compradoras compulsivas de golosinas, preciosas, pícaras, Tania, tiene tres años, es súper caprichosa y compradora, tiene un problemita de crecimiento, eso la hace ideal para adornar la mesita de luz y Delfina, de tres añitos, histriónica, actriz en potencia, tiene miedo a los perros grandes y su especialidad es cantar canciones de Violeta, hacerse la kiosquera y jugar a que habla por teléfono con mi celular.

            Un día esta hada estaba medio desalentada, creyendo que el mundo era una burla, cuestionando los motivos de su existencia y demás frases que se dicen cuando estás deprimida como “¿por qué a mí? ¿qué hice yo para merecer esto?, etcétera.” Cuando se dio cuenta de que nadie jamás responde esas preguntas, justo en ese momento entró Delfina, la kiosquera se agachó para quedar a su nivel y le dijo “¿me das un abrazo?” Delfi tomó carrera y le dio un abrazo tan potente que la tumbó, las dos quedaron tiradas en el piso del kiosquito riendo a carcajadas y el hada con dolor de huesito dulce pero con cosquillitas en la espalda. No era la ropa, ni un mosquito, ni nada, eran las alas, que le estaban empezando a asomar. Entonces se dio cuenta: necesitaba abrazos, abrazos de peques, abrazos genuinos de amiguitos, encima a veces estos abrazos venían acompañados de “te quiero” “te extraño” “te amo”, con ese afecto de café con leche que emanan los niños, un afecto sincero y desinteresado (por más que el hada venda golosinas y a veces las regale)

            Y fue así, que “el hada del kiosquito de enfrente a la escuela”, descubrió cuál era su poder, su don especial: los abrazos, era el Hada de los Abrazos, un poder transformador que hace que los problemas sean de lápiz y los sueños de tinta indeleble, abrazos con calorcito a cuna, con olor a cartuchera, un abrazo de tutti frutti, de sorpresa de huevo de Pascuas.

            Ella sabe que los niños crecen, claro que lo sabe, pero después vendrán otros y otros, y le obsequiarán ese instante eterno del abrazo, de la sonrisa, de la vocecita zezeoza, de los ojos para el asombro, entonces ella se cree remendada, con alas para viajar, para volver a ser niña, y para encauzar ese amor de madre y brindarlo a todos los niños del mundo que vengan al kiosquito a decir “y con esto qué me alcanza”.

            Ella es un hada, un hada que vende sueños sueltos y que cada día da a luz los más esponjosos abrazos.

 

            Marcia Lo Feudo

Ph: Loruhama Teruya Rossi

Comentarios   

 
#1 PsicólogoDani 19-04-2013 02:17
Me encantó! una pena devenida en arte, dulzura y pregunta, pregunta que relanza la dialéctica de la vida. Una genia! Abrazos.
 

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